
Me acordé de una historia que alguien me contó de un hombre que le mandó un aguacate a su hijo por correo. Para no dejarla morir, le di un comienzo. Vamos a ver a donde llega…
El hombre cerró la caja de cartón y selló los bordes de la solapa con cinta de un rollo que llevaba más de cinco años esperando ser estrenado. Había empacado con cuidado de no estropear los bordes; de no herir la piel de la fruta con tal de que llegara a su destino en buen estado – lista para una ensalada.
Recogió las llaves, tomo la caja y la ubicó bajo su brazo derecho; abrió la puerta del apartamento, llamo al elevador y esperó.
Cuando la luz indicó que el carro del ascensor ya estaba en aquel piso séptimo, volvió a pensar en su hijo; era indispensable hacerle llegar esa caja de cartón
Abrió la puerta, dio un paso adentró y oprimió el botón. La puerta exterior se cerró tras suyo, sellando el compartimiento.
El aparato deslizó la puerta interna y tras un brinco, y medio segundo de eterna espera, descendió. La corriente se interrumpió un par de segundos, dejándolo a oscuras. La mano derecha le empezó a sudar bajo el leve peso de la caja.
Dentro de la caja, el aguacate recién cosechado iba envuelto en un pañuelo de seda blanca, un regalo que su tío abuelo había dejado atrás sin nota ni herencia. Los abogados no supieron que hacer más que decir que era seda fina y no había manera de confirmar para quién era. Lo había encontrado en un cajón del mueble de roble que había dejado la última hija en irse de la casa, junto a un diario de poesía melancólica de colegio y una colección de llaveros de laboratorios químicos.
El carro del ascensor llegó al primer piso. Esperó a que la puerta interna se deslizara y empujo para salir.
Mario, el portero, le deseó una buena tarde.
Sin contestar abrió la puerta principal y tomó rumbo a la oficina de fletes.







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