
Hace ocho días vivía una vida ajena. Una vida donde la ausencia de mi sentido me había confundido; no tenía propósito más que el de buscar una razón barata para gastar mi dinero en un trago igualmente barato rodeado de pocas amistades ( que valen la pena) en un sitio donde no nos sabíamos encontrar.
Hace ocho días terminé esa vida ajena. Desperté de una necesidad de melancolía con tal de tener lágrimas de sobra, pero sin tener a quién dárselas.
Vaya casualidad, hace ocho días se siente mucho más lejano que la última vez que nos despedimos cara a cara. Y recuerdo esas dos o tres veces que nos vimos, la sonrisa nerviosa, la excusa perfecta, el beso robado.
Hace ocho días murió una vida que no me correspondía. Me siento con deber eterno de demostrar que es ésta vida la que me conviene. Qué mejor que disfrutarla a tu lado.
Hace ocho días, terminó el tiempo donde tuve miedo de decirte que te amaba y te lo dije.
Ahora es cuestión de demostrarlo.






