Hace unos meses escribí en este mismo blog sobre la muerte de un sueño.
Me equivoqué. No fue la muerte de un sueño, fue más bien la muerte de un espejismo, la desaparición de un fantasma. Se fue tal cual llegó a mi vida.
Fue una voz que durante mucho tiempo estuvo espantando mi conciencia a tal punto que casi pierdo una amistad y estoy a punto de perder la mujer que más amo. Un fantasma que no supo medir cuan impactantes serían sus palabras, las cuales utilizaba como armas y como escudos. Un fantasma que por más de que yo quisiera salir de su alcance, extendía una mano y me seducía con sus mentiras.
Pero no sólo fue el fantasma; también fue mi torpe ilusión. Yo me dejé impresionar por un personaje de una novela que todos leen, pero que nadie encuentra. Un personaje ficticio que ese mismo fantasma supo acoplar a su identidad y que así caminaba entre las personas; como si fuera una combinación de letras malditas por una hechicera.
Ya no existe. Pero por más de que se haya borrado de mi realidad, su imagen espanta a mis inmediatos. Por más de que yo dé garantías de que ya no está, de que ya se esfumó, tu dejas de creerme.
No te das cuenta de que eso es precisamente lo que pretendía el fantasma? Influenciar nuestras vidas aún después de desaparecer? No digo que sea fácil olvidar, ni perdonar, pero una de esas dos cualidades es el primer paso para eliminar el recuerdo de ese fantasma.
Hagámoslo juntos; I won’t let you down.






