Cuando tenía unos seis o siete años, cursaba primero de primaria en un colegio de padres católicos españoles. Era un colegio lejano de la ciudad; a más de media hora en ruta escolar. Pero yo siempre tomé una ruta particular, es decir, una ruta privada. Siempre ‘había alguien quien me llevara desde mi casa al lugar y de regreso.
Sin embargo, una tarde, no se por qué la verdad, resulté en el parque después de que las clases habían culminado. Ese día era un día como cualquier otro, la única diferencia era que yo no estaba en mi casa; estaba en un parque infantil. Columpios, pasamanos, bote canela.
Un pequeño que se encontraba allí conmigo me instigó a que lo imitara en su monería sobre una de las barras del parque. Era una barra horizontal, sostenida sobre dos troncos verticales de madera. Tomó impulso, colgó sus manos, luego subió sus piernas, y de ellas, se dejó sostener.
Mientras se balanceaba boca arriba, me decía “dale, tu puedes”.
Pues en mi inocencia de niño, de una persona que cree necesitar aquello que tienen los demás, le creí.
Le imité todo movimiento; primero sujetando la barra con mis manos, luego trepando mis piernas para que ellas quedaran sobre ella. Y luego; luego me dejé caer, pensando que mis piernas sostendrían mi propio peso.
Pues no fue asi. Resultó que mi pantalón era muy resbaladizo para lo que pretendía, por ende, mis piernas no sostuvieron mi peso, y caí. Mi cráneo pegó sobre el suelo de tierra oscura; un espacio donde no crecía el pasto.
Me dolió aquel golpe; juré nunca más tratar de sostener mi peso de una barra ajena con solo mis piernas sólo porque otro niño en el parque hacía igual.
Quebré ese juramento hace un par de horas. Caí de nuevo; duro y seco. Mi cráneo una vez más sintió ese golpe que solo se siente cuando se comete un error, o cuando se pierde todo lo que uno pensaba que era dado en esta vida.
No te culpo. El iluso colgado de las piernas fui yo. Tu eras la grama donde yo estaba a gusto antes de ser tentado por aquel niño de la barra.
Me duele el golpe; y me dolerá por mucho, pero mucho tiempo. Cómo lo siento.







6 Comments
Contigo siempre es lo mismo te duelen las vainas ya cuando es demasiado tarde…
hmm… primero patetico e hipócrita porke soy honesto conmigo mismo y admito un error… ahora resulta ke conmigo todo es igual siempre y ke solo me duele hasta cuando es muy tarde…
conciencia ? eres tu la ke tormenta este blog con tus sabias verdades?
sabias verdades, mmm no nunca me e considerado sabia. tormentosa? mm no se no sabia que fuera de tan importancia en tu vida como para ser tormentosa… depronto la tormenta es mi vida en si y tus escritos reflejan algo de ella.
bueno digo sabia y tormentosa simplemente porque dices lo que dices con una autoridad tan espeluznante que siento eres un eco de mi conciencia – como si me conocieras a fondo pues… quizás eso también refleja esa importancia a la que te refieres…
A ratos nos gana mas la necesidad de decir algo… a si ese algo sea inconcreto… nos dejamos llevar por un impulso que no existe mas que en las entrañas… y decimos cual descoherencia se nos venga a la mente… depronto en el momento que exprese lo que pensaba me dejaba agobiar por los propios pensamientos que tengo de mi… talvez solo querÃa decir algo… o tal vez una cierta palabra despertó en mi el deseo de decirle a alguien fuera quien fuera lo que sentÃa por dentro… asà ese “algo” no tuviera nada que ver con el escritor o tuviera todo que ver con el.
me gustarÃa saber dos cosas: la palabra que dices despertó en ti el deseo de decir algo; y segundo, si ese algo en realidad tiene todo que ver con el escritor…
de todas maneras… me hicieron pensar tus comentarios… bastante… la culpa que llevo dentro no desaparecerá pronto; pero admitir que existe y descifrar el por qué de ella, me ayuda…